A Birth Story from Centro de Parto

This entry was written by Gardi Emmelhainz, a client at Centro de Parto. It was so good we had to share. Enjoy!

Embarazada y visualizando mi parto, me acordé de la figurilla de jade de Tlazoltéotl (en la Colección de la biblioteca de Dumbarton Oaks), que es la diosa azteca de la tierra, el reciclaje, el sexo y el nacimiento. Tlazoltéotl está dando a luz, y en la intervención en el muro de la frontera con Estados Unidos en Tijuana de mi amiga Silvia Gruner, La mitad del camino (1994), Tlazoltéotl es una metáfora de un nuevo comienzo, de una transición. A medio camino entre Norte y Sur, las reproducciones en cerámica de la diosa colocadas en el muro, saludaban, acompañaban y anunciaba un nuevo (tortuoso) comienzo a los inmigrantes. La diosa evoca también a la creación, la separación y el desplazamiento forzados. Evidentemente, Tlazoltéotl no simboliza solamente la utopía de una ‘nueva vida,’ sino que encarnando y resguardando a la matriz, significa una transición transgresiva y dolorosa. La expresión de angustia y la torsión del cuerpo de la diosa aluden a la ruptura violenta y al tormento de un nuevo nacimiento.

Silvia Gruner, A la mitad del camino, frontera de Tijuana/San Diego, 1994

Me intrigaba la postura en cuclillas de Tlazoltéotl para dar a luz; contrastaba con dos estereotipos hollywoodenses que me venían a la mente relacionados con el trabajo de parto. Escena uno: a la parturienta se le rompe la fuente haciendo un gran charco y de un momento a otro, la tienen que llevar corriendo al hospital antes del inminente nacimiento del bebé. Escena 2: durante el parto, la parturienta está acostada boca arriba; vemos una toma de la cara de la mamá pujando, haciendo profilaxis o gritando acostada; a veces esta imagen es intercalada con una toma desde el punto de vista de la parturienta, mostrando a sus pies tensos sobre los horribles e incómodos estribos de la camilla de parto. Sin embargo, en base a la experiencia empírica se puede afirmar que el trabajo de parto es progresivo y que las carreras al hospital pertenecen en la mayor parte de los casos a Hollywood; también, que la postura boca arriba no es la más obvia para dar a luz.

Comparando a Tlazoltéotl con las parturientas de Hollywood, no me cuadraba la idea de dar a luz boca arriba. Para mí tenía más lógica aprovechar el efecto de gravedad al estar en cuclillas para dar a luz. Investigando un poco, leí que en países Europeos, en Canadá y Estados Unidos (y en México, aunque es menos común en las áreas urbanas), las mujeres dan a luz ya sea sentadas, de cuclillas, en cuatro puntos; en el piso, en tinas de agua, o en sillas especiales. Incluso en México se diseñó una silla de parto especial para los hospitales y clínicas de maternidad públicos. Y que los partos pueden ser en casa o en clínicas, no necesariamente en hospitales.

Los hospitales y la práctica de parir boca arriba surgieron en el Siglo XVIII. La partería estuvo hasta entonces excluida de la medicina, pero en esa época, los doctores (hombres) desafiaron la distinción que existía entre el trabajo femenino del masculino y la idea de que la partería estaba por debajo de los hombres y de la ciencia médica, y empezaron a ejercer como comadronas. Dos atlas del cuerpo publicados en Inglaterra contribuyeron a medicalizar y a masculinizar al parto, transformándolo objeto de visualización, de medicina y ciencia; es posible que la práctica de dar a luz acostada se deba a la obsesión de este siglo con lograr visibilidad absoluta del parto. En su Atlas, “A set of anatomical tables, with explanations, and an abridgmenet of the practice of midwifery” (Londres, 1754), ilustrado por Jan van Rymsdyk, William Smellie arguyó que sólo cuando podemos visualizar al cuerpo de manera correcta, de adentro hacia fuera, podemos hacernos una imagen clara del nacimiento. Esta afirmación se opone a la filosofía de la partería, que se basa en la apariencia externa y en el sentido del tacto, en vez de en la visión y la visualización.

Dibujos del Atlas de William Smellie

Cuando la medicina se convirtió en disciplina en el Siglo XVIII, el cuerpo se volvió objeto de conocimiento. La epistemología de la medicina se basó en la visibilidad y en la habilidad de los doctores de describir al cuerpo de manera elegante y persuasiva, con todo detalle. La importancia de la visualización no sólo en la medicina sino en la cultura prevalece, y un ejemplo de ello son los banales y caros ultrasonidos en 3D. Los atlas que mencionamos visualizaron al embarazo y al parto en su totalidad para el ojo y mano expertos de los médicos, al tiempo que presentaron al embarazo como enfermedad. Indiscutiblemente, la visibilidad es una forma de poder y esta forma de dar visibilidad al trabajo de parto fue una forma de empoderamiento del hombre (blanco) sobre los procesos biológicos de la mujer. La posición boca arriba es la más cómoda para el doctor, quien logra absoluta visibilidad del trabajo de parto. Esta posición es la menos cómoda para la madre, y me acechaban visiones de enfermeras trepadas sobre mi tronco para facilitar la expulsión del bebé mientras que imaginaba el dolor de la episotomía.

Buscando alternativas al parto en hospital, me di cuenta de que tanto en México como en Guatemala (más en el segundo que en el primero), que son sociedades todavía coloniales,  el parto en cuclillas y natural (y dar pecho también) se asocian consciente o inconscientemente con lo indígena y por lo tanto tienen un aspecto peyorativo. La gente de clase media y alta (y en las zonas urbanas en general) prefiere a lo que percibe como lo más “civilizado” que es lo mismo que lo más “seguro”: a doctores paternalistas de piel blanca, vistiendo una impecable bata blanca, de preferencia ojos azules y mirada dulce. Esta imagen de doctor-papá-salvador invoca desde a Santa Claus, a Jesús y a dios en la pintura europea hasta el Doctor Haus. Este arquetipo de doctor obviamente atiende en hospitales caros y prescribe muchas medicinas y exámenes inútiles para “prevenir” innumerables e inimaginables complicaciones.

Al principio de mi embarazo ví a un ginecólogo, y cada vez que iba a consulta, el doctor, más tipo Cándido Pérez que Santa Claus (se dirigía a mí como “mi amor”), además de cobrarme 80 dólares,  me hacía siempre las mismas preguntas en tono condescendiente: ¿Cuándo fue la última vez que comenzó tu reglita? ¿a ver, ya hiciste tu cuentita? ¿cuántas semanitas (de embarazo) llevas? Enseguida me daba información acerca de los procesos que estaban ocurriendo en mi cuerpo y sobre el desarrollo del bebé en la semana o mes de embarazo en la que estaba, que era información que yo ya había leído en babycenter.com. El colmo fue cuando el doctor me preguntó si sabía dónde estaba el hueso púbico. Insultada pero sin tomármelo personal, le pregunté que a cuál sector de la población atendía, ya que si sus pacientes no saben dónde está ese hueso, seguramente no habían acabado la primaria. Tanta ignorancia de las mujeres sobre su propio cuerpo es apabullante; pero más lo es, la falta de iniciativa de la mayoría para informarse, tomar control sobre sus cuerpos y embarazo. La mayoría de las mujeres, en lugar de tomar decisiones informadas, le hacen caso ciegamente al doctor-papá-dios-santa claus.

Por eso los ginecólogos tienen licencia para propagar mitos como el de la “cadera estrecha,” un argumento que se usa con frecuencia para justificar la cesárea. Durante el trabajo de parto, la pelvis se desplaza para darle cabida al bebé; es por eso que sólo es posible detectar estrechez pélvica (de la cual son poquísimos los casos) hasta que esté progresando el trabajo de parto y no antes. Para colmo de males, antes se hacía un examen con rayos X (¡qué peligrosa la radiación para el bebé!) semanas antes de la culminación de la gestación para determinar si la cabecita del bebé podía pasar por la pelvis de la madre – el diagnóstico obvio era: el bebé no va a caber, hay que operar. Al enterarse de que había optado por el parto natural, dos parientes (hombres) del papá de mi bebé, le insistieron para que me llevara a hacer tal prueba de estrechez pélvica. Hay tanta ignorancia acerca de este tema que una conocida embarazada de cuatro meses me dijo que su doctor le había diagnosticado estrechez de cadera, y que si no se hacía cesárea, al bebé se le podía aplastar la carita durante el parto normal.

Cabe notar que actualmente, tanto en México como en Guatemala, el 80% de los partos en hospitales son cesáreas que en su mayoría no están justificadas. Para muchas, la cesárea es una decisión hecha por ellas de antemano, ya sea por el doctor o el hospital, que no tienen tiempo para esperar a que el bebé venga cuando necesite venir, o por los hombres de su familia (padre, marido, suegro). Incluso me ofrecieron un “paquete de maternidad” en un hospital en el que el parto natural era un 10% más caro que la cesárea; para algunos la opción es entonces obvia: ¡parto industrializado! Una conocida cuenta que su mamá la tuvo de forma natural, sin epidural y en un hospital. No porque la señora lo hubiera decidido, sino porque su esposo decidió que “los hijos le deberían de doler.” La señora recuerda sus dos partos con amargura y como experiencias traumáticas – no tanto por el dolor (el dolor de parto se olvida, para mí se convirtió en una memoria vaga) sino por la violencia que sufrió al haber sido despojada de la opción de decidir por ella misma. La hija de esta señora, en cambio, se programó una cesárea con meses de antelación. Su padre había también decidido por ella, dictaminando que no quería que su hija sufriera durante el trabajo de parto. Al adelantársele el parto, tuvo unos problemas hormonales terribles que le impidieron amamantar a su bebé. Existen también los casos de mujeres que deciden hacerse cesárea porque no tienen la capacidad de asumir sus propios procesos fisiológicos y que no se sienten capaces de sobrellevar el esfuerzo físico que el parto conlleva. Muchas otras llegaron al hospital pensando que tendrán el parto natural que desean pero surgió una complicación inesperada que hizo que les tuvieran que hacer la cirugía. Conozco bastantes de estos últimos casos; a quienes les ha sucedido esto, hablan de sus partos con frustración y enojo; incluso otra conocida, intentó demandar al doctor y cambió de ginecólogo porque al informarse más sobre las condiciones bajo las que le hicieron cesárea, se dio cuenta de que pudo haber sido evitada.

Actualmente vivimos en una cultura de paranoia y miedo que sujeta a todos nuestros procesos vitales a la lógica de la prevención. Es así como nos venden seguros, medicinas y procedimientos que en la mayoría de los casos son innecesarios – en un hospital, por ejemplo, me vendían un seguro “por si” el bebé nacía antes de tiempo y necesitaba estar en una incubadora. El problema es casi nadie asume el hecho que la medicina y la farmacéutica son industrias sujetas a la lógica de la plusvalía, y que por eso se han normalizado los procedimientos hyper-medicalizados para el proceso de parto, desde el embarazo hasta el cuidado post-natal. Un ejemplo es la bola de medicamentos inútiles que me recetó mi ginecólogo Cándido Pérez: Hasta el tercer mes, ácido fólico y progesterona “para evitar interrupciones del embarazo,” hasta el noveno mes, vitaminas de embarazo. Del cuarto mes en adelante, 1 gramo diario de calcio. El quinto mes sufrí una infección en las vías urinarias y me recetó 4 tipos de antibióticos diferentes; al final, la infección se me curó con agua de jamaica que me recomendó mi partera. La misma lógica de la prevención opera con mi pediatra, quien se molestó ante mi renuencia a darle fórmula a mi bebé o a comprar Sertal para tenerla a la mano “por si” le daba cólico o tos a la bebé (cambié de pediatra). Uno de los problemas que va de la mano con la sobre-medicalización es la sobre-especialización de la medicina; en vez de mirar al cuerpo como un ente interdependiente y global, los especialistas conciben al cuerpo diseccionado por partes, funciones y sistemas, aislados y sin ver el conjunto. Además el acto médico casi nunca toma en cuenta al paciente y cómo vive su estado, ya que se centra exclusivamente en la especialización técnica y en lo médico-instrumental. En el caso del parto – que como lo vimos, se patologizó en el Siglo XVIII y por eso dar a luz se le dice también “aliviarse” – se convierte en un proceso en el que se pone al cuerpo bajo la mirada médica en la que predominan más sus herramientas que la parturienta y el bebé.

Tuve la inquietud de buscar una alternativa al parto medicalizado, menos frío y más accesible que un hospital; quise también erradicar la posibilidad de que me hicieran una cesárea innecesaria, de que me pusieran epidural, me hicieran la episotomía y que pudiera dar a luz en cuclillas, en vez de ser forzada a parir acostada boca arriba. Al final, mi parto se convirtió en una transición no sólo física sino emocional y de vida, y el cómo sobrellevar esta transición es un tipo de conocimiento que se transmite de mujer a mujer, de generación en generación desde hace miles de años. Las mujeres que facilitan esta transición son las madres, doulas, hermanas, amigas de la nueva madre y por supuesto, la comadrona. Yo le decía siempre a mi asesor de mi tesis de doctorado que era como la comadrona de mi trabajo: dirigiendo, corrigiendo, proveyendo la estructura, viendo desde afuera el panorama más amplio de un camino que él ya había recorrido muchas veces.

Por suerte encontré a Hannah y a su clínica de parto natural. Mi pareja y yo tomamos cursos de pre-natal con ella durante seis semanas y cada semana nos sentíamos más y más como en familia. Al principio, el papá de mi bebé estaba absolutamente opuesto a que tuviera un parto fuera de un hospital, además de que su familia le calentaba la cabeza diciéndole que no era “seguro.” Pasamos mucho tiempo buscándoles respuesta a sus temores y buscándoles verdades a los mitos y a las experiencias de partos que circulaban en la mitología familiar: “Es que a fulanita le dio incontingencia por tener parto natural”; o “a zutanita le hicieron cesárea porque el bebé no encajó”; o “el parto natural es peligroso porque le puede dar parálisis cerebral al bebé”, etc. Al final le doy crédito a mi pareja por ponerse las pilas e informarse de los pros y cons del parto natural y del parto en hospitales, y por apoyarme durante las 22 horas de trabajo de parto. ¡Y a Hannah! Por la paciencia que nos tuvo con sus dudas y vacilaciones.

Los protocolos burocráticos de los hospitales y las enfermeras kafkianas,raramente dejan que la parturienta coma, beba agua o camine durante el trabajo de parto – actividades que en este proceso son vitales. Culturalmente, el parto se vive como un evento social; he oído de varios casos en los que la parturienta, en pleno trabajo de parto, pasando contracciones (lo cual requiere de mucha concentración), está en un cuarto lleno de sus familiares haciendo barullo y socializando. Para mí el parto fue un acto extremadamente privado y muy íntimo: ¿No se esconden los animales para parir? En la clínica me sentí en casa, en las manos familiares, expertas y hermosas de Hannah, su hija Elenita y en esos días, de su practicante Kelly.

Para poder poner a la vida de una y de su bebé en las manos de alguien se necesita un lazo fuerte que Hannah sabe cómo cultivar, con mucho cariño y sabiduría. Prepararse para el parto no es sólo recibir información, sino enterarse de primera mano cómo es el proceso, compartir experiencias, contar miedos y desmentir mitos heredados de las abuelas o de las que ciegamente le creen al papá-doctor-dios. Tuve un embarazo muy sano, y una semana antes de dar a luz, el ultrasonido reveló que mi bebé venía cabeza abajo pero con la carita hacia arriba (espalda con espalda). Por esta razón cualquier ginecólogo me hubiera hecho una cesárea, mientras que en realidad, cuando el bebé viene en esta posición, se sabe que el parto es más largo de lo normal. Pasé las primeras 9 horas del trabajo de parto en casa, contando contracciones, fui a dar una caminata, me bañé, en fin, hice mi día normal. Como a las 2 de la tarde, nos fuimos a la clínica pasando antes a comprar comida. Sentía mucha emoción al saber que en cuestión de horas conocería a Layla. Al haber dilatado unos 7 cms, Hannah había logrado voltear a Layla para que naciera viendo hacia atrás. Nos fuimos a la tina, que la verdad ayuda mucho a relajarse y a calmar el dolor. El problema fue que Layla se quedó en la que se conoce como “posición militar” y se le enredó el cordón en el pie. Por esto estuve alrededor de cuatro horas y media pujando. Fueron las horas más difíciles de mi vida, creo. Estaba agotada, me costaba mucho trabajo concentrarme en pasar las contracciones, en respirar y enfocar mis esfuerzos en pujar correctamente. Todo este rato, Layla estuvo de a 1 o 2 centímetros de coronar. Tratamos varias posiciones: boca arriba, en la silla de parto, de nuevo en la tina en cuclillas. Finalmente Hannah se ayudó con el “kiwi”, un instrumento que tiene la función de un fórceps pero es mucho más benigno, es como una ventosa que se pega a la cabecita del bebé para poder jalarlo y ayudarlo a salir. Durante todo este tiempo yo no tenía conciencia de la complicación del parto – realmente 4 horas y media de pujar son demasiadas, el doble de lo normal, hasta para una primeriza, y Hannah calificó después a mi parto como uno de los “top 10” más infernales de 20 años de partería. Yo estaba consciente de que un parto era algo muy duro, doloroso y cansado, y sentía que me encontraba exactamente en esa situación. Hannah se mantuvo todo el tiempo impasible, tranquilizándome y dándome confianza e instrucciones en cómo pujar y relajarme. La vi ejercitando la paciencia y la tenacidad. Por cierto, mi parte favorita fue la pujada, porque sentía que estaba colaborando activamente en el nacimiento de mi hija, algo que no hubiera sido posible con la epidural, y que es increíblemente empoderador. Durante esas horas pasé de tigre feroz, a dragón, a serpiente, a encarnarme completa en un grito para atenuar el dolor de la contracción y transformarlo en fuerza de presión en mi vagina. Durante este rato, me pasó toda mi vida por la cabeza, también visualicé al futuro con mi hija. Al final le susurré suavemente que tenía ya muchas ganas de conocerla. Ella se había portado como palestina: aguantando la adversidad con paciencia, con su ritmo cardiaco inmutable. Sólo al final le bajó un poquito y allí fue cuando dimos el último empujón.

 

 

 

 

 

Al contarles mi experiencia a los que se opusieron o se “preocuparon” por mi parto natural me dijeron: “¿Para qué sufrir?” “¿Para qué ponerse en peligro, y al bebé?” Yo, sin embargo, lo veo como una experiencia de transición que me preparó para ser madre. Hannah estuvo allí todo el tiempo al pié del cañón, me había puesto en sus manos y sabía que todo iba a estar bien. Fue una experiencia intensa y empoderadora, tuve una gran sensación de satisfacción y de victoria; no tengo punto de comparación, pero sí siento que el parto creó un lazo muy fuerte con mi bebé y con su papá. Si mi embarazo fue un shock porque en mi cabeza no podía conectar la “función sexual” a la “función reproductiva” –que se hacen una con el embarazo, lo fue aún más grande el ver a mi hija salir de mi cuerpo. Fue maravilloso y Hannah estuvo allí para iniciarnos en una nueva vida juntas.

 

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